Un Dios que compadece y juzga con amor

“ ‘Consuelen, consuelen a Mi pueblo’, dice su Dios”
(Isaías)
“Lo de Dios es la Vida:
crear, reconstruir, acompañar,
acoger, recoger, rehabilitar, levantar, aceptar.
Somos hechuras de Él… Y a Él regresaremos.
¡De esto no hay duda!”
(Neto Martínez, sj)
En estos días la opinión pública internacional se ha visto conmovida por otra bofetada a la Vida, en un contexto de guerras e injusticia socio-ambiental a causa de un paradigma tecnocrático hegemónico que, en el plano existencial, provoca tanto la falsa percepción hedonista de ser cada uno causa de sí mismo como carencias afectivas y la pérdida de sentido. Así, el dramático caso de Noelia Castillo Ramos, la joven española de 25 años que, tras un largo y complejo proceso de vulnerabilidad extrema, abusos sexuales y pérdida del gusto por la existencia, decidió dejar definitivamente este mundo (algo que ya había intentado tiempo antes), causó honda consternación. Tal decisión y los medios empleados (más allá de la “luz verde” de la legalidad formal en su país) siempre son controversiales, puesto que se trata de una derrota de la infinita dignidad humana y con ella, de la Vida misma.
La polémica desatada en torno al caso de Noelia, la joven de mirada triste y suplicante de piedad, convoca a especialistas en bioética, salud mental, legislación vinculada a la salud, entre otros saberes, como la ciencia política -por las implicancias institucionales para el ámbito civil- y la teología -por la búsqueda de respuestas a preguntas esenciales de y sobre el ser humano-. Así, por un lado, en un posteo de la red social Facebook, el politólogo Julio Leónidas Aguirre señaló: “La desgarradora historia de Noelia tiene todos los componentes para una revisión integral de la teoría política normativa. Analizada en profundidad, evidenciando las crueldades, el horror y el sentido de la libertad y autopropiedad, nos ayuda a pensar críticamente sobre buena parte de lo que constituye el orden político y los derechos humanos”. Por el otro lado, el teólogo Franco Caramuto, en una honda reflexión, remarcó la necesidad vital que tenemos los seres humanos de vínculos complejos, es decir, profundos y de calidad, más que de cantidad.
En mi caso, humildemente trataré aquí de proyectar un poco de luz ante tanta oscuridad, propia de la desolación hecha cultura dominante, que es como tener puesto encima el peso de una frazada o manta mojada, lo cual lleva a la angustia (o sea, a ver angostamente) y, con ella, a la desesperanza. Mi reflexión parte de la íntima convicción de que así como no se trata de justificar sino de comprender, tampoco se trata de juzgar, sino de compadecer. Entiendo, desde mi perspectiva como creyente, que este es el modo, por decirlo de alguna manera, del Dios revelado en Jesús de Nazaret.
En lo que sigue, articularé mi exposición en tres pasos: la necesidad del discernimiento, evidente sobre todo en casos como el de Noelia, la imagen que tenemos de Dios y, finalmente, la cuestión sobre su peculiar forma de juzgarnos. Abordaré estos aspectos desde el Magisterio Pontificio contemporáneo.
La gracia de discernir
Desde hace algunas décadas se viene enfatizando la necesidad de adoptar una “moral de discernimiento”, tal el nombre de la lograda obra del teólogo moral chileno-maltés Tony Mifsud. Esto tiende a un abordaje situado de normas consideradas universales. Tal replanteo de la ética, tiene fuertes implicancias para situaciones complejas, delicadas y dolorosas. En el ámbito de la bioética podemos pensar en la eutanasia, el suicidio asistido y el aborto, por dar algunos ejemplos.
A la luz de una extensa y rica tradición espiritual en el cristianismo -desde la experiencia del monacato a la sistematización ignaciana y sus hermenéuticas-, el discernimiento se constituyó en uno de los pilares del pontificado de Francisco y es, acaso, parte de lo mejor de su legado a la Iglesia y a la humanidad.
Invito a que prestemos atención a esta presentación que hacía el Papa argentino y jesuita sobre tal temática:
“Es verdad que el discernimiento espiritual no excluye los aportes de sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas o morales. Pero las trasciende. Ni siquiera le bastan las sabias normas de la Iglesia. Recordemos siempre que el discernimiento es una gracia. Aunque incluya la razón y la prudencia, las supera, porque se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se realiza en medio de los más variados contextos y límites. No está en juego solo un bienestar temporal, ni la satisfacción de hacer algo útil, ni siquiera el deseo de tener la conciencia tranquila. Está en juego el sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero para qué de mi existencia que nadie conoce mejor que él. El discernimiento, en definitiva, conduce a la fuente misma de la vida que no muere, es decir, conocer al Padre, el único Dios verdadero, y al que ha enviado: Jesucristo (cf. Jn 17,3). No requiere de capacidades especiales ni está reservado a los más inteligentes o instruidos, y el Padre se manifiesta con gusto a los humildes (cf. Mt 11,25).”
Más aún, continuaba Francisco:
“No se trata de aplicar recetas o de repetir el pasado, ya que las mismas soluciones no son válidas en toda circunstancia y lo que era útil en un contexto puede no serlo en otro. El discernimiento de espíritus nos libera de la rigidez, que no tiene lugar ante el perenne hoy del Resucitado. Únicamente el Espíritu sabe penetrar en los pliegues más oscuros de la realidad y tener en cuenta todos sus matices, para que emerja con otra luz la novedad del Evangelio. Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros. Él no hace caer fuego sobre los infieles (cf. Lc 9,54), ni permite a los celosos «arrancar la cizaña» que crece junto al trigo (cf. Mt 13,29)” (Gaudete et Exsultate, 170, 173-174).
El discernimiento se adapta a “tiempos, lugares y personas”, como decía Ignacio de Loyola, lo que permite dar una respuesta circunstanciada, historizada, concreta, para cada persona y para cada comunidad, lo que no puede ser confundido con un relativismo moral. En efecto, dicho en un lenguaje espiritual tradicional, discernir supone advertir “qué es de Dios” (el Reino) y “qué no es de Dios” (el anti-Reino). Dicho en un lenguaje más secular, nos permite advertir lo que nos ayuda y lo que no nos ayuda, lo que nos hace ganar en libertad y compasión de aquello que nos esclaviza y nos hace egoístas.
Un Dios que compadece
Ante casos como el de Noelia, pero también la muerte de los inocentes, como las víctimas de la pobreza, las guerras, los cataclismos, surge la eterna pregunta: ¿Dónde está Dios ante el sufrimiento inocente? Ciertamente, hay tragedias que son provocadas por los seres humanos (desde su maldad, su codicia, su negligencia, su ceguera, etc.), pero eso no extirpa del todo la apelación, incluso desde la indignación o el enojo, a ese interrogante que nos pone al borde de la desesperación. En este sentido, considero importante recordar lo que refería Benedicto XVI al actualizar la enseñanza sobre la virtud teologal de la esperanza:
“Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? ¿Es tan importante para mí la verdad como para compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo? En la historia de la humanidad, la fe cristiana tiene precisamente el mérito de haber suscitado en el hombre, de manera nueva y más profunda, la capacidad de estos modos de sufrir que son decisivos para su humanidad. La fe cristiana nos ha enseñado que verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad. En efecto, nos ha enseñado que Dios –la Verdad y el Amor en persona– ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza. Ciertamente, en nuestras penas y pruebas menores siempre necesitamos también nuestras grandes o pequeñas esperanzas: una visita afable, la cura de las heridas internas y externas, la solución positiva de una crisis, etc. También estos tipos de esperanza pueden ser suficientes en las pruebas más o menos pequeñas. Pero en las pruebas verdaderamente graves, en las cuales tengo que tomar mi decisión definitiva de anteponer la verdad al bienestar, a la carrera, a la posesión, es necesaria la verdadera certeza, la gran esperanza de la que hemos hablado. Por eso necesitamos también testigos, mártires, que se han entregado totalmente, para que nos lo demuestren día tras día. Los necesitamos en las pequeñas alternativas de la vida cotidiana, para preferir el bien a la comodidad, sabiendo que precisamente así vivimos realmente la vida. Digámoslo una vez más: la capacidad de sufrir por amor de la verdad es un criterio de humanidad. No obstante, esta capacidad de sufrir depende del tipo y de la grandeza de la esperanza que llevamos dentro y sobre la que nos basamos. Los santos pudieron recorrer el gran camino del ser hombre del mismo modo en que Cristo lo recorrió antes de nosotros, porque estaban repletos de la gran esperanza” (Spe Salvi, 39).
A la luz de estas palabras podemos preguntarnos si personas como Noelia tuvieron y tienen esas “visitas afables”, esos gestos de poximidad/projimidad, que remiten a la simbología de “techo, pan y palabra”, como decía Tony Catalá, sj, en referencia a un lugar donde estar a resguardo, el sustento alimentario básico y vínculos afectivos con los cuales compartir la vida. Si faltaron tales gestos portadores de consuelo y esperanza, cabe recordar con Hannah Arendt que la culpa es personal, pero la responsabilidad por es colectiva.
Un juicio no humano
Ahora bien, merced a cierta tergiversación en la teología y la pastoral, a lo largo de los siglos se ha ido formando en muchas personas y comunidades la imagen terrible de un Dios castigador de los réprobos, según una perspectiva muy limitada y, también hay que decirlo, muy espejada con el modo humano de abordar estos asuntos desde el derecho, que no siempre coincide con el valor justicia. Incluso, esa forma muy humana de mirar las cosas aparece a nivel personal y social como juicio y/o pre-juicio temerario e implacable sobre los demás y sus actos. Por eso, no es irrelevante la pregunta sobre en qué sentido o de qué modo se puede decir, desde una perspectiva más sana y amorosa, que Dios “juzga”. El Papa Francisco enseñaba este aspecto desde el primado de la misericordia:
“No existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina. Hay un valor propedéutico en la ley (cf. Ga 3,24), cuyo fin es la caridad (cf. 1 Tm 1,5). El cristiano está llamado a vivir la novedad del Evangelio, «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8,2). Incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina” (Misericordia et misera, 11).
En línea similar, al convocar al Año Santo Jubilar de la Esperanza (2025), Francisco señaló:
“Otra realidad vinculada con la vida eterna es el juicio de Dios, que tiene lugar tanto al culminar nuestra existencia terrena como al final de los tiempos. Con frecuencia, el arte ha intentado representarlo —pensemos en la obra maestra de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina— acogiendo la concepción teológica de su tiempo y transmitiendo a quien observa un sentimiento de temor. Aunque es justo disponernos con gran conciencia y seriedad al momento que recapitula la existencia, al mismo tiempo es necesario hacerlo siempre desde la dimensión de la esperanza, virtud teologal que sostiene la vida y hace posible que no caigamos en el miedo. El juicio de Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4,8.16), no podrá basarse más que en el amor, de manera especial en cómo lo hayamos ejercitado respecto a los más necesitados, en los que Cristo, el mismo Juez, está presente (cf. Mt 25,31-46). Se trata, por lo tanto, de un juicio diferente al de los hombres y los tribunales terrenales; debe entenderse como una relación en la verdad con Dios amor y con uno mismo en el corazón del misterio insondable de la misericordia divina. En este sentido, la Sagrada Escritura afirma: «Tú enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo de los hombres y colmaste a tus hijos de una feliz esperanza, porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento […] y, al ser juzgados, contamos con tu misericordia» ( Sb 12,19.22). Como escribía Benedicto XVI, «en el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría». El Juicio, entonces, se refiere a la salvación que esperamos y que Jesús nos ha obtenido con su muerte y resurrección. Por lo tanto, está dirigido a abrirnos al encuentro definitivo con Él” (Spes non confundit, 22).
Así, a contramano de la perspectiva humana y sus instituciones (muchas veces falibles y rígidas), Dios hace justicia, sí, pero haciendo misericordia. De manera entonces que el juicio divino constituye amor perdonante que brota de la esperanza pascual.
Junto con la riqueza que nos aportan estos señalamientos, quiero terminar con la siguiente reflexión: como enseña el ensayista y poeta Hugo Mujica, hay momentos donde uno tiene que sentarse cara a cara con la vida: para besarla o para escupirla. Cada uno y cada una sabrá cuál de las dos actitudes se ajusta a su particularísima situación. Pero más allá de esta perspectiva, el autor también dirá que en las situaciones límites, cuando sentimos que tenemos la frazada mojada encima, puede ocurrir que aunque nosotros no entendamos lo que nos pasa, hay Alguien que sí entiende y cuya Palabra amorosa es portadora de sentido, que es otra forma de decir sanidad y liberación. Siguiendo con este registro un tanto literario, si tomamos Los hermanos Karamázov de Dostoievski, el discurso lúgubre de el Gran Inquisidor, ese anciano desolado, es vencido por las palabras de despedida del Padre Zosima, llenas de esperanza y consuelo, con un “gracias” por lo vivido y una “amén” por que le espera. Porque la muerte, como la de Jesús en la Cruz y la de tantos crucificados de la historia, no es más que una palabra penúltima.
Por Aníbal Germán Torres (*)
(*) Politólogo. Docente universitario.


