“PANTALLAS, VÍNCULOS Y SUFRIMIENTO: una mirada social sobre el caso Meta Platforms Inc.”

En los últimos meses tomó relevancia pública el proceso judicial iniciado contra Meta Platforms Inc., a partir de la denuncia de una joven de 20 años que atribuye a sus plataformas —particularmente redes como Instagram— el agravamiento de su salud mental. El caso, que avanza en instancias judiciales, pone en el centro de la escena una discusión que ya no puede postergarse: ¿qué responsabilidad tienen las empresas tecnológicas en el bienestar psíquico de sus usuarios? ¿Y qué lugar ocupamos como sociedad frente a este fenómeno?

El juicio no aparece en el vacío. Se inscribe en una creciente ola de investigaciones, denuncias y testimonios que advierten sobre los efectos del uso intensivo de pantallas en adolescentes y jóvenes. En este sentido, el psicólogo social Jonathan Haidt, en su libro La generación ansiosa, plantea una idea contundente: la transformación del mundo analógico al digital, especialmente a partir del uso masivo de smartphones y redes sociales, ha modificado profundamente la forma en que los jóvenes se vinculan, se perciben a sí mismos y atraviesan sus emociones. Haidt sostiene que el aumento de los trastornos de ansiedad, depresión y autolesiones en adolescentes coincide con la expansión de estas plataformas, configurando un nuevo escenario de vulnerabilidad.

Ahora bien, más allá de la necesaria responsabilidad empresarial —que implica revisar algoritmos, políticas de contenido y mecanismos de protección—, resulta fundamental ampliar la mirada. Las redes sociales no crean el malestar desde cero: lo amplifican, lo capturan, lo sostienen. Pero hay algo previo, estructural, que merece ser interrogado.

¿Qué encuentran los adolescentes en las redes que los vuelve tan dependientes? ¿Qué lugar ocupan estas plataformas en la economía emocional contemporánea? Muchas veces, el consumo digital funciona como un intento de regulación afectiva: frente al vacío, la angustia o el dolor, la pantalla aparece como anestesia inmediata. No se trata solo de entretenimiento, sino de una forma de evitación. En este sentido, podríamos pensar las redes como una de las nuevas configuraciones de la adicción: no tanto a una sustancia, sino a un circuito de gratificación rápida que promete aliviar, aunque sea momentáneamente, el malestar interno.

Sin embargo, reducir el problema a la “adicción a las pantallas” sería simplificarlo. El punto no es únicamente cuánto tiempo pasan los jóvenes conectados, sino qué tipo de experiencias están atravesando allí. Las redes son hoy escenarios centrales de socialización: allí se construyen identidades, se validan vínculos, se negocia el reconocimiento. Para muchos adolescentes, lo virtual no es una extensión de la vida, sino su núcleo.

Esto nos lleva a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué rol estamos ocupando los adultos? Mientras se judicializa a las empresas —lo cual es legítimo y necesario—, muchas veces evitamos revisar nuestras propias prácticas. ¿Estamos acompañando a los adolescentes en este nuevo mundo? ¿Ofrecemos alternativas reales en el plano analógico? ¿Generamos espacios de escucha donde el malestar pueda ser simbolizado en lugar de silenciado?

La transición de una infancia analógica a una adolescencia hiperconectada no fue acompañada por una construcción colectiva de herramientas para habitar ese cambio. La tecnología avanzó más rápido que nuestra capacidad de comprender sus efectos subjetivos. En ese desfase, quedaron expuestos los jóvenes.

Como sociedad, tendemos a reaccionar cuando el daño ya está hecho: denunciamos, nos alarmamos, buscamos responsables. Pero quizás el desafío más profundo sea otro: anticiparnos, problematizar, incomodarnos.

Pensar la salud mental no solo como un asunto individual o clínico, sino como una construcción social, atravesada por las condiciones de vida, los discursos culturales y las formas de vincularnos.

El caso contra Meta no debería ser leído únicamente como un conflicto legal, sino como un síntoma de época. Nos interpela a todos: a las empresas, a las instituciones educativas, a las familias, a los profesionales de la salud y a la sociedad en su conjunto. Porque si bien las plataformas tienen responsabilidad en el diseño de entornos que capturan la atención, somos nosotros quienes debemos preguntarnos qué tipo de subjetividades estamos produciendo y sosteniendo.

Tal vez la pregunta no sea solo cómo limitar el uso de las redes, sino qué estamos ofreciendo en su lugar. Qué espacios, qué vínculos, qué sentidos.

Porque allí donde hay vacío, algo lo va a llenar. Y hoy, muchas veces, ese “algo” es una pantalla.

Psi. Social Elisabet Clarke

“Lo que calma por un instante, a veces profundiza el vacío.”


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